Relatos, poemas y dibujos. El Moro Gato se acordó de las palabras de Ben Salam y confirmo de nuevo su sospecha que en aquel mundo existían hilos finos y dorados que unían a las personas, atravesaban desiertos y montañas y cruzaban los fondos marinos. Uniendo las mentes con fuerzas más poderosas que el telégrafo o el teléfono. ("Kábila de Tzen" CS")
martes, 18 de noviembre de 2014
domingo, 26 de octubre de 2014
El roce de la culebra
El relato se llama EL ROCE DE LA CULEBRA. Gracias a Arlett y a Pablo Zalduondo, que lo ha transcrito con mucho cariño, se puede leer; aunque desapareció en un ordenador robado. Tiene todos los derechos y está completo, por si a alguien le engancha. En este caso, yo mismo lo recomiendo. Es un buen momento para hacer un sitio a la lectura, antes que lleguen las obligaciones.( ...se lee mejor dándole al lector del navegador.)EL ROCE DE LA CULEBRA de Carlos Santiago ® 2013 Texto/Ilustración
"El hombre es la medida de todas las cosas:
de las que son, por lo que son.
Y de las que no son, por lo que no son."
Protágoras
de las que son, por lo que son.
Y de las que no son, por lo que no son."
Protágoras
Avelino llegó a la cita con tres días de antelación. En la habitación del hotel de Mahón había localizado en un mapa el pueblo de Fornells situado en la parte norte de la isla de Menorca. Una zona escarpada, batida por los vientos y las olas. Abrigado en la bahía estaba el encalado pueblo de pescadores. Como comprobó en su paseo por la dársena, los llauts eran casi todos de recreo. Intercalados entre éstos, se mecían algunos repletos de cestas abombadas para la pesca de la langosta. Turismo, pescado y Mediterráneo en estado puro.
Se acordó de aquella estrofa de Kavafis que cantaba Lluis Llach: "Y si la encuentras pobre, Ítaca no te ha engañado".
Bueno, no se podía decir que aquel pueblo fuera humilde y mucho menos pobre. Una vuelta por sus calles le serenó el ánimo.
Casitas blancas encaladas, con todo tipo de plantas en las puertas, y con las ventanas más bonitas que había visto en su vida. Tenían todas las contraventanas sujetas a la pared por unos ganchos y las ventanas inglesas estaban pintadas en colores de barco: azul marino y verde oscuro.
Dio unas vueltas y se encontró ante un recodo, Rodeando a una pequeña capilla, había una cala de aguas trasparentes. Un balconcillo de madera evitaba a los habitantes de las casas que un simple tropiezo en la escalera les condujera a un chapuzón en la coqueta cala. Buscaba el faro.
Porque todos los humanos buscan faros en estos casos y Avelino, uno más, se sentía un navegante sin rumbo.
Si allí había algún habitante además del viento, no se dejaba ver. Quizás alguna fugaz silueta se entreveía a través de los visillos.
Decidió preguntar en una tienda de artículos de pesca. Cuando entró se tropezó con la mirada de la cajera que parecía llevar esperando toda la vida su llegada. El local estaba repleto de cañas, redes, aletas y tubos, pero también de toda clase de artículos de alimentación y limpieza, típico de los colmados de pueblo.
- Bon día. Viento, ¿No?
- Bastante señorita. Por favor ¿Me podría indicar por dónde se va al faro?
- Vaaale ¿El grade o el pequeño?
- ¿Hay dos?
- Sí. Uno está en Cap de Cavalleríes y hay que tomar el camino a la izquierda antes de llegar al pueblo y el otro esta siguiendo la calle de atrás. Todo seguido hasta llegar a una torreta de piedra ; mientras se lo decía, giró suavemente el torniquete invitándole a entrar. Luego añadió:
-¿Vaaale?
Avelino se fijó en la chica. El flequillo le caía sobre los ojos y llevaba un peinado de trencitas rastas. Era simpática y parecía aburrida. No le dejó dar media vuelta. Le había atrapado en el torniquete.
- Pase y mire. Tenemos también "menorquinas", que ahora están de moda.
Se acordó de aquella estrofa de Kavafis que cantaba Lluis Llach: "Y si la encuentras pobre, Ítaca no te ha engañado".
Bueno, no se podía decir que aquel pueblo fuera humilde y mucho menos pobre. Una vuelta por sus calles le serenó el ánimo.
Casitas blancas encaladas, con todo tipo de plantas en las puertas, y con las ventanas más bonitas que había visto en su vida. Tenían todas las contraventanas sujetas a la pared por unos ganchos y las ventanas inglesas estaban pintadas en colores de barco: azul marino y verde oscuro.
Dio unas vueltas y se encontró ante un recodo, Rodeando a una pequeña capilla, había una cala de aguas trasparentes. Un balconcillo de madera evitaba a los habitantes de las casas que un simple tropiezo en la escalera les condujera a un chapuzón en la coqueta cala. Buscaba el faro.
Porque todos los humanos buscan faros en estos casos y Avelino, uno más, se sentía un navegante sin rumbo.
Si allí había algún habitante además del viento, no se dejaba ver. Quizás alguna fugaz silueta se entreveía a través de los visillos.
Decidió preguntar en una tienda de artículos de pesca. Cuando entró se tropezó con la mirada de la cajera que parecía llevar esperando toda la vida su llegada. El local estaba repleto de cañas, redes, aletas y tubos, pero también de toda clase de artículos de alimentación y limpieza, típico de los colmados de pueblo.
- Bon día. Viento, ¿No?
- Bastante señorita. Por favor ¿Me podría indicar por dónde se va al faro?
- Vaaale ¿El grade o el pequeño?
- ¿Hay dos?
- Sí. Uno está en Cap de Cavalleríes y hay que tomar el camino a la izquierda antes de llegar al pueblo y el otro esta siguiendo la calle de atrás. Todo seguido hasta llegar a una torreta de piedra ; mientras se lo decía, giró suavemente el torniquete invitándole a entrar. Luego añadió:
-¿Vaaale?
Avelino se fijó en la chica. El flequillo le caía sobre los ojos y llevaba un peinado de trencitas rastas. Era simpática y parecía aburrida. No le dejó dar media vuelta. Le había atrapado en el torniquete.
- Pase y mire. Tenemos también "menorquinas", que ahora están de moda.
- Perdona, pero no tomo dulces.
-Vaaale. Pero las "menorquinas", además de ser "guapas", son unas alpargatas muy cómodas; al decirlo, levantó con agilidad una pierna y la puso sobre una caja de cervezas, mostrando la alpargata que llevaba y, a la vez, una estupenda pierna robusta y ajamonada.
Avelino se sobresaltó y quiso mirar para otro lado.
Ella le estaba vacilando, sin saber que hacer eso con un señor de León es difícil porque normalmente no se entera.
- Bueno compraré una bolsa de patatas,dijo. Se acercó a la estantería, cogió una bolsa de patatas y la dejó con un billete de cinco euros.
- ¿Va a estar mucho tiempo en Fornells, señor?
- Solo un par de días.
Después de teclear en la registradora, la cajera, con una enigmática sonrisa, dijo:
- Vaaale.
El viento había amainado y los deshilachados rayos del sol dorado, corrían por la calle. Por un momento se había olvidado del faro. La pierna desnuda de la chica de la tienda le había sacado de su estado melancólico habitual. Antes no se habría parado en medio de la acera, ni hubiera mirado hacia la puerta de la tienda reteniendo el impulso de volver a ella.
Tampoco fue hacia el faro. Pequeño o grande no se iba a mover de allí.
Caminó hacia el paseo donde tenía aparcado el Ford Scort que había alquilado en el aeropuerto.
El paseo marítimo que bordeaba el mar estaba salpicado de palmeras. Los pantalanes flotantes de tablones de madera se mecían suavemente, por el momento. Había cientos de veleros dormidos. Reconoció el sonido que le había acompañado durante toda la mañana: los silbidos que el viento hace al pasar entre los mástiles y los cabos metálicos que los sostienen.
A unos metros del Ford comenzó a toser. A sus años conocía ya su propio cuerpo y lo detestaba. La tos le hacía imposible atinar en la cerradura. Hiperventilación. Sacó el inhalador para mitigar el acceso de asma y se apoyó en el coche. Dejó transcurrir unos minutos.
Cuando abrió la guantera para coger la bolsa de El Corte Ingles, le atacó de nuevo la tos. Sentado en el asiento del conductor tosió con ganas. Notó el bulto y el sobre donde estaban los miserables billetes de quinientos euros que había conseguido que su inamovible culo paseara por allí.
Cerró el coche, respiro hondo y miró de nuevo la foto en blanco y negro de un hombre de mediana edad sentado en los escalones de un portal con una niña sobre sus rodillas. Envidió a la criatura. Nunca tuvo un padre que le hiciera "el caballito". Aspiró el aire salado que llegaba del mar pensando que aquel lugar tan apacible no se merecía que él y su carga ensuciaran sus calles.
El arte de la previsión es tan genético como previsible. Avelino se enfrentaba de nuevo al único juego que dominaba. Su oponente, un tal Giuseppe Garanni, era un perdedor y él estaba allí para dejarle un mensaje que no iba a olvidar.
Antes de encaminarse hacia el faro tenía que buscar un sitio donde comer y otro donde dormir.
El olor a caldereta de langosta le asaltó en el camino. Tiró la bolsa de patatas a la basura y a punto estuvo de entrar, aunque sabía que el mismísimo rey de España se dejaba caer por allí. Pero estaba claro que L'Esplá se alejaba de su presupuesto. Audi, BMW y Mercedes rodeaban el restaurante como una muralla. Marcando caballos y precio.
Caminó hasta la pequeña plazoleta que estaba frente al puesto. El sol de invierno había convocado allí a los fijos y a los forasteros llegados en autobús. Entre todos habían ocupado las terrazas. Avelino instintivamente subió la calle esperando que algo le llamara la atención y lo alejara del supermercado.
Una ristra de bicicletas "todo terreno" alineadas le hizo fijarse en la moderna tienda de enfrente: Servinautic". Se detuvo frente al escaparate. Para un habitante de tierra adentro los objetos náuticos que allí se exponían parecían de otro mundo, azul y horizontal. Avelino los reconocía desde pequeño. Mientras los otros niños coleccionaban cromos de futbolistas, él dibujaba y construía barcos. En la hojas cuadriculadas de su libreta de colegial, navegaban veleros de vela latina, pesqueros del bonito, galeones de mil cañones y esbeltas goletas. También había conseguido dibujar, con bastante dificultad, teodolitos, sextantes, octantes y brújulas. Como navegante, era de mínimo cabotaje. Hacía maquetas de barcos preparadas. con pegamento Imedio y mucha paciencia, conseguía, al cabo de varias semanas, ensamblar las piezas y barnizarlas con esmero. Su puerto de partida estaba detrás del Hostal San Marcos en León. Desde allí los botaba con el fracaso siempre soplando de popa. Cinco o seis metros y los barquitos naufragaban en las mansas aguas del río Bernesga. Siempre pensó que si hubiera que hacer un logotipo que simbolizara su vida, ésta sería el "Titanic" en el instante del hundimiento. Esa escena le era muy familiar.
Pegado en el cristal del escaparate había un mapa enmarcado con banderas de señales marítimas que indicaban diferentes itinerarios costeros. Más abajo, una lista de varios tipos de embarcaciones a motor y vela con sus precios de alquiler por medias jornadas. Todos con salida desde el puertecito de Fornells. Los lugares más alejados en dirección Este, eran las islas Bledes y Cala Pregonda.
Allí, según Mauricio, estaba la casa de ella. De nuevo sintió la misma turbación y estuvo a punto de sufrir otro ataque de asma.
En Servinautic parecía que no había nadie. Era una tienda funcional de aire deportivo. Allí expuestos había bikinis, toallas, ropa de windsur, cañas de pescar, relojes sumergibles y todo el equipo del buen submarinista. Del fondo llegaba el ruido enmarañado de una radio emisora. Alguien daba su posición y un cambio de tramontana a mestral, desde allí le contestaba una voz femenina: "Vaaale. Corto" Esperaba ver salir a la chica del supermercado pero apareció un niño rubio de pelo enmarañado. Se plantó delante de él y le dijo:
- Te vendo un ancla.
A continuación se escabulló debajo del mostrador. Una chica rubia de mediana edad cruzó delante de él y, mirando hacia los lados, le preguntó:
-¿Has visto a Alex?
Ella siguió hasta la puerta y se asomó a la calle.
-¿Qué tamaño tiene?
-¡Ah! Perdone. Más o menos así (contestó señalando medio metro del suelo.
- Creo que está ahí abajo.
La madre lo sacó tirando de las piernas mientras se revolvía como un conejo en su madriguera. Se escabulló a toda prisa hacia la puerta.
- ¡Alex, ven aquí! gritó la madre.
El niño se paró un instante y dijo bajito a Avelino:
- Chivato.
Y echó a correr.
Ella instintivamente se tocó la barriga.
- Y como no tengo bastante con éste, viene otro.
Avelino entendió la cruz que la madre soportaba con aquel chaval. Tomó nota en su lista de otro enemigo imaginario más que se había ganado de la forma más tonta.
- Hola soy Herminia y perdona otra vez.
- Avelino, mucho gusto. Tengo entendido que hay calas y playas muy interesantes por aquí.
- Quizá estén las más bonitas y menos accesibles de toda la isla.
- ¿Como Cala Pregonda?
- Sí. Merece la pena verla. Además se puede llegar por tierra, por un camino que parte desde la playa de Benimel-là. Pero te recomiendo, si quieres conocer la costa, que vayas en barco. Bueno, en unos pequeños barcos a motor que alquilamos y puedes recorrerla viendo los acantilados del Cap Cavalleríes y la isla d' es Porros.
- En la Cala Pregonda ¿vive gente?
Avelino percibió unos instantes de vacilación. Herminia se había dado cuenta que detrás de aquellas preguntas no había un interés turístico.
Del "tu" pasó al "usted".
- ¿Busca a alguien?
- Si a una mujer.
- Allí estaba viviendo una extranjera. Le compró la casa al alcalde de
Mercadall.
A Herminia le pareció suficiente la información que había proporcionado
al desconocido. Ahora le tocaba a ella enterarse de quién era y qué buscaba el forastero.
- Pero si quiere llegar allí, lo pasará mejor haciéndolo por mar.
- Nunca he conducido una lancha de esas.
- Mañana jueves libra mi sobrina. Ella es una experta. Quizá le pueda
acompañar. Le saldrá un poquito más caro. Sacó un folleto con la
lista de precios.
- Si quiere le tomo los datos. Dijo Herminia.
- De acuerdo. Respondió Avelino.
Otra vez había encontrado la forma más evasiva de enfrentarse a su encuentro. Iría un día antes para ver el terreno que pisaba. Con el inconfesable deseo de que algo fallara. Pagó y le estrechó la mano a Herminia.
- ¿Me puede recomendar un sitio donde comer y dormir que no sea
caro?
- Más arriba, por esta misma acera, en la plaza, está el hostal "Els
Tallots" pregunte allí y, ya sabe, mañana a las diez esté usted en el
pantalán, justamente delante de "L' Esplá". Aunque va a ser un día
llévese algo de abrigo. ¡Ah! Y crema solar.
Cuando salió Avelino, Herminia cogió el teléfono móvil.
-Vaaale. Pero las "menorquinas", además de ser "guapas", son unas alpargatas muy cómodas; al decirlo, levantó con agilidad una pierna y la puso sobre una caja de cervezas, mostrando la alpargata que llevaba y, a la vez, una estupenda pierna robusta y ajamonada.
Avelino se sobresaltó y quiso mirar para otro lado.
Ella le estaba vacilando, sin saber que hacer eso con un señor de León es difícil porque normalmente no se entera.
- Bueno compraré una bolsa de patatas,dijo. Se acercó a la estantería, cogió una bolsa de patatas y la dejó con un billete de cinco euros.
- ¿Va a estar mucho tiempo en Fornells, señor?
- Solo un par de días.
Después de teclear en la registradora, la cajera, con una enigmática sonrisa, dijo:
- Vaaale.
El viento había amainado y los deshilachados rayos del sol dorado, corrían por la calle. Por un momento se había olvidado del faro. La pierna desnuda de la chica de la tienda le había sacado de su estado melancólico habitual. Antes no se habría parado en medio de la acera, ni hubiera mirado hacia la puerta de la tienda reteniendo el impulso de volver a ella.
Tampoco fue hacia el faro. Pequeño o grande no se iba a mover de allí.
Caminó hacia el paseo donde tenía aparcado el Ford Scort que había alquilado en el aeropuerto.
El paseo marítimo que bordeaba el mar estaba salpicado de palmeras. Los pantalanes flotantes de tablones de madera se mecían suavemente, por el momento. Había cientos de veleros dormidos. Reconoció el sonido que le había acompañado durante toda la mañana: los silbidos que el viento hace al pasar entre los mástiles y los cabos metálicos que los sostienen.
A unos metros del Ford comenzó a toser. A sus años conocía ya su propio cuerpo y lo detestaba. La tos le hacía imposible atinar en la cerradura. Hiperventilación. Sacó el inhalador para mitigar el acceso de asma y se apoyó en el coche. Dejó transcurrir unos minutos.
Cuando abrió la guantera para coger la bolsa de El Corte Ingles, le atacó de nuevo la tos. Sentado en el asiento del conductor tosió con ganas. Notó el bulto y el sobre donde estaban los miserables billetes de quinientos euros que había conseguido que su inamovible culo paseara por allí.
Cerró el coche, respiro hondo y miró de nuevo la foto en blanco y negro de un hombre de mediana edad sentado en los escalones de un portal con una niña sobre sus rodillas. Envidió a la criatura. Nunca tuvo un padre que le hiciera "el caballito". Aspiró el aire salado que llegaba del mar pensando que aquel lugar tan apacible no se merecía que él y su carga ensuciaran sus calles.
El arte de la previsión es tan genético como previsible. Avelino se enfrentaba de nuevo al único juego que dominaba. Su oponente, un tal Giuseppe Garanni, era un perdedor y él estaba allí para dejarle un mensaje que no iba a olvidar.
Antes de encaminarse hacia el faro tenía que buscar un sitio donde comer y otro donde dormir.
El olor a caldereta de langosta le asaltó en el camino. Tiró la bolsa de patatas a la basura y a punto estuvo de entrar, aunque sabía que el mismísimo rey de España se dejaba caer por allí. Pero estaba claro que L'Esplá se alejaba de su presupuesto. Audi, BMW y Mercedes rodeaban el restaurante como una muralla. Marcando caballos y precio.
Caminó hasta la pequeña plazoleta que estaba frente al puesto. El sol de invierno había convocado allí a los fijos y a los forasteros llegados en autobús. Entre todos habían ocupado las terrazas. Avelino instintivamente subió la calle esperando que algo le llamara la atención y lo alejara del supermercado.
Una ristra de bicicletas "todo terreno" alineadas le hizo fijarse en la moderna tienda de enfrente: Servinautic". Se detuvo frente al escaparate. Para un habitante de tierra adentro los objetos náuticos que allí se exponían parecían de otro mundo, azul y horizontal. Avelino los reconocía desde pequeño. Mientras los otros niños coleccionaban cromos de futbolistas, él dibujaba y construía barcos. En la hojas cuadriculadas de su libreta de colegial, navegaban veleros de vela latina, pesqueros del bonito, galeones de mil cañones y esbeltas goletas. También había conseguido dibujar, con bastante dificultad, teodolitos, sextantes, octantes y brújulas. Como navegante, era de mínimo cabotaje. Hacía maquetas de barcos preparadas. con pegamento Imedio y mucha paciencia, conseguía, al cabo de varias semanas, ensamblar las piezas y barnizarlas con esmero. Su puerto de partida estaba detrás del Hostal San Marcos en León. Desde allí los botaba con el fracaso siempre soplando de popa. Cinco o seis metros y los barquitos naufragaban en las mansas aguas del río Bernesga. Siempre pensó que si hubiera que hacer un logotipo que simbolizara su vida, ésta sería el "Titanic" en el instante del hundimiento. Esa escena le era muy familiar.
Pegado en el cristal del escaparate había un mapa enmarcado con banderas de señales marítimas que indicaban diferentes itinerarios costeros. Más abajo, una lista de varios tipos de embarcaciones a motor y vela con sus precios de alquiler por medias jornadas. Todos con salida desde el puertecito de Fornells. Los lugares más alejados en dirección Este, eran las islas Bledes y Cala Pregonda.
Allí, según Mauricio, estaba la casa de ella. De nuevo sintió la misma turbación y estuvo a punto de sufrir otro ataque de asma.
En Servinautic parecía que no había nadie. Era una tienda funcional de aire deportivo. Allí expuestos había bikinis, toallas, ropa de windsur, cañas de pescar, relojes sumergibles y todo el equipo del buen submarinista. Del fondo llegaba el ruido enmarañado de una radio emisora. Alguien daba su posición y un cambio de tramontana a mestral, desde allí le contestaba una voz femenina: "Vaaale. Corto" Esperaba ver salir a la chica del supermercado pero apareció un niño rubio de pelo enmarañado. Se plantó delante de él y le dijo:
- Te vendo un ancla.
A continuación se escabulló debajo del mostrador. Una chica rubia de mediana edad cruzó delante de él y, mirando hacia los lados, le preguntó:
-¿Has visto a Alex?
Ella siguió hasta la puerta y se asomó a la calle.
-¿Qué tamaño tiene?
-¡Ah! Perdone. Más o menos así (contestó señalando medio metro del suelo.
- Creo que está ahí abajo.
La madre lo sacó tirando de las piernas mientras se revolvía como un conejo en su madriguera. Se escabulló a toda prisa hacia la puerta.
- ¡Alex, ven aquí! gritó la madre.
El niño se paró un instante y dijo bajito a Avelino:
- Chivato.
Y echó a correr.
Ella instintivamente se tocó la barriga.
- Y como no tengo bastante con éste, viene otro.
Avelino entendió la cruz que la madre soportaba con aquel chaval. Tomó nota en su lista de otro enemigo imaginario más que se había ganado de la forma más tonta.
- Hola soy Herminia y perdona otra vez.
- Avelino, mucho gusto. Tengo entendido que hay calas y playas muy interesantes por aquí.
- Quizá estén las más bonitas y menos accesibles de toda la isla.
- ¿Como Cala Pregonda?
- Sí. Merece la pena verla. Además se puede llegar por tierra, por un camino que parte desde la playa de Benimel-là. Pero te recomiendo, si quieres conocer la costa, que vayas en barco. Bueno, en unos pequeños barcos a motor que alquilamos y puedes recorrerla viendo los acantilados del Cap Cavalleríes y la isla d' es Porros.
- En la Cala Pregonda ¿vive gente?
Avelino percibió unos instantes de vacilación. Herminia se había dado cuenta que detrás de aquellas preguntas no había un interés turístico.
Del "tu" pasó al "usted".
- ¿Busca a alguien?
- Si a una mujer.
- Allí estaba viviendo una extranjera. Le compró la casa al alcalde de
Mercadall.
A Herminia le pareció suficiente la información que había proporcionado
al desconocido. Ahora le tocaba a ella enterarse de quién era y qué buscaba el forastero.
- Pero si quiere llegar allí, lo pasará mejor haciéndolo por mar.
- Nunca he conducido una lancha de esas.
- Mañana jueves libra mi sobrina. Ella es una experta. Quizá le pueda
acompañar. Le saldrá un poquito más caro. Sacó un folleto con la
lista de precios.
- Si quiere le tomo los datos. Dijo Herminia.
- De acuerdo. Respondió Avelino.
Otra vez había encontrado la forma más evasiva de enfrentarse a su encuentro. Iría un día antes para ver el terreno que pisaba. Con el inconfesable deseo de que algo fallara. Pagó y le estrechó la mano a Herminia.
- ¿Me puede recomendar un sitio donde comer y dormir que no sea
caro?
- Más arriba, por esta misma acera, en la plaza, está el hostal "Els
Tallots" pregunte allí y, ya sabe, mañana a las diez esté usted en el
pantalán, justamente delante de "L' Esplá". Aunque va a ser un día
llévese algo de abrigo. ¡Ah! Y crema solar.
Cuando salió Avelino, Herminia cogió el teléfono móvil.
La puerta del hostal era sencilla y con una belleza antigua que le hizo entretenerse unos minutos. Las columnas de mampostería pintada de amarillo anaranjado rodeaban un portalón de madera vieja. A través de la puerta se veían unos arcos y tinajas con flores y al fondo, una escalera ondulante con barrotes de hierro. Era una casa señorial reconvertida en hostal. La armonía con que los arcos reposaban sobre el suelo de loza roja
y la fresca penumbra, le hizo pensar en que allí, desde siempre, sabían cómo vivir.
Entró. detrás del mostrador de madera torneada había una chica vuelta de espaldas, que llevaba unas trenzas rastas inconfundibles. Hablaba por un móvil. Dijo: "Vaaale".
Volvió la vista hacia Avelino.
- Bon día. Ya se ha calmado el viento, ¿No? - Ante su sonrisa Avelino no tuvo más remedio que devolvérsela.
- Busca habitación y un restaurante, ¿No? - Cogió una llave de un colgador y salió del mostrador.
- Le voy a dar mi habitación favorita. - Le dijo estirándose la falda. Avelino se fijó otra vez, en sus piernas. Por un motivo que no llegaba a entender, aquella chica tenía piernas originales y ella lo sabía. Subió la sinuosa escalera helicoidal. No observó los desgastados escalones, ni las formas decó de las barandillas.
La habitación era espaciosa y tenía unos muebles de principio de siglo.
Ella le señaló la terraza.
Avelino quedó impresionado por la vista. La terraza estaba orientada hacia levante y daba frente a la entrada natural de la bahía. Entrada obligada de barcos de pescadores y veleros. Al otro lado, el cabo con pequeños bosquecillos de pinos y al fondo una ensenada manchada de islotes que se perdía en el horizonte.
La chica estaba a su lado ofreciéndole la llave. El la cogió, pero ella le seguía mirando como si esperara algo. Se echo mano al bolsillo buscando unos euros. Ella movió la cabeza de un lado a otro. No era eso. Avelino se dio cuenta de que aquella preciosa chica no pretendía ligar con él, ni estaba interesada en venderle unas gafas submarinas o una caña de pescar. Aquella veinteañera sólo deseaba de él una pregunta:
- ¿Cómo te llamas?
- Rosetta. Con dos "tes" ¿Y tú? - dijo extendiendo la mano.
- Avelino.
- Aquí tienes a la pluriempleada que mañana te llevará a dar un paseo en barca. Ya sabes, después de desayunar te espero en el pantalán del
L' Esplà, frente a los barcos de Servinautic, y si ahora bajas al comedor tenemos el menú del día.
- El, asombrado, le contestó:
- Vaaale. Rosetta.
y la fresca penumbra, le hizo pensar en que allí, desde siempre, sabían cómo vivir.
Entró. detrás del mostrador de madera torneada había una chica vuelta de espaldas, que llevaba unas trenzas rastas inconfundibles. Hablaba por un móvil. Dijo: "Vaaale".
Volvió la vista hacia Avelino.
- Bon día. Ya se ha calmado el viento, ¿No? - Ante su sonrisa Avelino no tuvo más remedio que devolvérsela.
- Busca habitación y un restaurante, ¿No? - Cogió una llave de un colgador y salió del mostrador.
- Le voy a dar mi habitación favorita. - Le dijo estirándose la falda. Avelino se fijó otra vez, en sus piernas. Por un motivo que no llegaba a entender, aquella chica tenía piernas originales y ella lo sabía. Subió la sinuosa escalera helicoidal. No observó los desgastados escalones, ni las formas decó de las barandillas.
La habitación era espaciosa y tenía unos muebles de principio de siglo.
Ella le señaló la terraza.
Avelino quedó impresionado por la vista. La terraza estaba orientada hacia levante y daba frente a la entrada natural de la bahía. Entrada obligada de barcos de pescadores y veleros. Al otro lado, el cabo con pequeños bosquecillos de pinos y al fondo una ensenada manchada de islotes que se perdía en el horizonte.
La chica estaba a su lado ofreciéndole la llave. El la cogió, pero ella le seguía mirando como si esperara algo. Se echo mano al bolsillo buscando unos euros. Ella movió la cabeza de un lado a otro. No era eso. Avelino se dio cuenta de que aquella preciosa chica no pretendía ligar con él, ni estaba interesada en venderle unas gafas submarinas o una caña de pescar. Aquella veinteañera sólo deseaba de él una pregunta:
- ¿Cómo te llamas?
- Rosetta. Con dos "tes" ¿Y tú? - dijo extendiendo la mano.
- Avelino.
- Aquí tienes a la pluriempleada que mañana te llevará a dar un paseo en barca. Ya sabes, después de desayunar te espero en el pantalán del
L' Esplà, frente a los barcos de Servinautic, y si ahora bajas al comedor tenemos el menú del día.
- El, asombrado, le contestó:
- Vaaale. Rosetta.
La noche invernal llegó temprano y Avelino decidió ir hasta el faro antes de que la oscuridad se comiera el paisaje. Algunas casas estaban habitadas, las familias se disponían a cenar al templado calor del hogar mientras él caminaba a la intemperie, destemplado y perseguido por las ráfagas de un impertinente viento.
"Las ciudades costeras en invierno tienen su encanto", dicen. El caso es que está bastante escondido - pensó - Palmeras abrasadas por la brisa salada, barandillas oxidadas, carteles desprendidos y barcas varadas. Conocía su predisposición para detectar la decrepitud y el abandono. Un roto en un mantel o una lata de mejillones vacía, podía incordiarle una comida o una visita a la Alhambra. A veces creía que esos detalles le acompañaban para amargarle la vida. Su mirada, con la precisión de un láser se dirigía a los rincones oscuros donde se acumula lo innecesario.
Se fijaba irremediablemente en las humedades de las paredes. Y con los descascarillados de la pintura y el óxido había aprendido a imaginar caras y cuerpos inverosímiles. Formas que parecían acusarle.
Todo lo brillante y definido le causaba inquietud. Porque en un fondo claro, él y sus sentimientos quedaban al descubierto. Negro sobre blanco. Su alma a merced de los impertinentes rayos del sol. ¡Qué horror!
"Las ciudades costeras en invierno tienen su encanto", dicen. El caso es que está bastante escondido - pensó - Palmeras abrasadas por la brisa salada, barandillas oxidadas, carteles desprendidos y barcas varadas. Conocía su predisposición para detectar la decrepitud y el abandono. Un roto en un mantel o una lata de mejillones vacía, podía incordiarle una comida o una visita a la Alhambra. A veces creía que esos detalles le acompañaban para amargarle la vida. Su mirada, con la precisión de un láser se dirigía a los rincones oscuros donde se acumula lo innecesario.
Se fijaba irremediablemente en las humedades de las paredes. Y con los descascarillados de la pintura y el óxido había aprendido a imaginar caras y cuerpos inverosímiles. Formas que parecían acusarle.
Todo lo brillante y definido le causaba inquietud. Porque en un fondo claro, él y sus sentimientos quedaban al descubierto. Negro sobre blanco. Su alma a merced de los impertinentes rayos del sol. ¡Qué horror!
A las diez de la mañana el pantalán estaba vacío. Un motor negro se iba acercando lentamente hacia él, sostenido por alguien que solo dejaba asomar sus pies descalzos. Rosetta mantenía en vilo el pesado motor, su cara estaba roja como un tomate.
- ¿Te ayudo?
- Déjalo, yo puedo - dijo resoplando.
Desde la barca arrastró el motor hasta el borde del muelle y con mucha dificultad lo encajó en la popa. Él la observaba como un pasmarote. Le parecía imposible que aquel cuerpo pudiera contener tanta fuerza. Cuando le sonrió desde la barca invitándole a zarpar, apareció una grieta inesperada en su decisión. Avelino se acomodó en la proa. al salir de la dársena pudo comprobar que no iba a ser un lánguido paseo por la costa. El motor que había colocado Rosetta era mucho más potente de lo que precisaba la lancha y las olas eran cada vez más rebeldes. Salieron en volandas de la bahía de Fornells. El aire marino y el limpio sol mañanero espantaron de la mente de Avelino sus negros pensamientos. En la popa Rosetta manejaba el timón con destreza y sus trencitas bailaban detrás de su cabeza como si la misma Hidra la protegiera.
Pusieron rumbo al Cabo de Caballeries. Los dos se miraban sin decir nada y, por un instante, un hilo recto y transparente unió sus pupilas. Con el meneo al que estaban sometidos esto debería ser imposible pero, al parecer, a base de estos detalles improbables se escriben las historias. Avelino pensó que tampoco era normal que aquella joven se fijara en un hombre maduro de rostro atormentado como el suyo, vestido con pantalones cortos y una camiseta de Tintín en la Isla Negra. Desde luego no le miraba como un padre.
Las imponentes rocas de los acantilados aparecieron sobre sus cabezas. Ella le señaló el faro. Miró hacia arriba y se dio cuenta de lo poco acostumbrado que estaba a disfrutar de la vida. De natural desconfiado, dudó del interés de la muchacha hacia él, pero cuando bajó la vista se le disipó la suspicacia. Ella se había quitado la camiseta y mostraba al aire unos pechos tan inolvidables como sus piernas. Por primera vez en muchos años se olvidó por unos minutos su condición de psicópata profesional. Siendo como era, debería haber sentido picores y salirle sarpullidos ante tanto bienestar, ante la aguas cristalinas y ante la bella sirena que pilotaba al viento. Aquella Atargatis perseguida por Mopsos le estaba susurrando, bajo el ruido del motor Yamaha, entre la espuma, una canción italiana.
Después de pasar cerca de un islote habitado por alimoches, Rosetta puso rumbo hacia la cala que tanto parecía interesar a su pasajero. En media hora la lancha se deslizaba entre unos escollos marcianos hacia una playa de arena anaranjada. Cerca de la orilla, con mucho esfuerzo, levantó el motor y, sudorosa se lanzó desnuda al agua. Avelino esperó que se alejara y cuando vio que se perdía nadando hacia los acantilados saltó a la orilla y se dirigió directamente a la casa de piedra roja que estaba emboscada entre piedras del mismo color. Después de un corto pensamiento sobre lo mucho que puede dar de sí un cargo en una alcaldía, se concentró en examinar la suntuosa vivienda. Rodeó el recinto mirando de vez en cuando a través de las ventanas, tocando los pomos de las puertas y observando la arena roja acumulada delante de las zonas de paso. Nadie había vivido allí a lo largo del invierno.
Rosetta se acomodó en lo alto de una roca para observar los movimientos de su hermético pasajero. Pensó que era una alimaña. Conocía a los de su especie, pero aquel hombre era de una variedad diferente.
Ella esperó en la lancha y cuando Avelino subió le lanzo un dardo en forma de inocente pregunta:
- ¿Está aquí quién buscas?
No contestó. Pero ella sabía la respuesta.
- Ahora volveremos tranquilamente ¿Vale?
El sonido sordo de un fuera-borda llegó mezclado con el de las olas. Rosetta miró a su alrededor, dejó el timón y se sentó a horcajadas sobre el motor. Tiró del cable de la puesta en marcha y se incorporó. Lo hizo en unas décimas de segundo. El ruido al patear el fondo de la barca llamó la atención de Avelino. La vio mirando hacia las rocas. Su cuerpo estaba tenso, los puños apretados y su respiración alterada hacía que sus pechos vibraran. La encontró tremendamente bella y animal. Rosetta parecía una leona a punto de saltar sobre su presa que, gracias a Dios, no era él. Se enfrentaba a una amenaza.
- ¡Túmbate en la proa y agárrate con fuerza! ¡Rápido, joder!
Por un instante Avelino pudo ver el morro negro de una zódiac aparecer entre las rocas. Un tremendo rugido del motor y la lancha dio un tirón que le hizo caer al fondo de la barca. Se fue arrastrando hasta la proa agarrándose como pudo.
Cuando se volvió hacia Rosetta, estaba ligeramente echada sobre el timón mirando hacia un costado.
- ¡Cabrones! - gritó a alguien que parecía estar muy cerca. Fue empujando la palanca roja y las revoluciones del motor aumentaron. las olas entraban por la borda y la lancha empezó a dar saltos enloquecidos. Cada bote era seguido de un fuerte golpetazo que hacía crujir el fondo de la barca y el coxis de Avelino.
Aquella mujer se había vuelto loca, o no. Se asomó y allí detrás había una zódiac negra con tres ocupantes vestidos de submarinistas. Parecía que la embarcación era aún más rápida. Como siempre, pensó lo peor: "Esos guardias civiles nos cogen".
- ¡Para, es la Guardia Civil!
- ¡Por les collons! - Y metió a fondo la palanca.
El motor estaba a punto de explotar. con las manos agarrotadas de aferrarse a la borda y el cuerpo hecho un guiñapo, Avelino se entregó a su destino pasado por agua. A través de la espuma pudo ver la silueta de la pequeña Isla Medes; a su alrededor una multitud de pequeños promontorios que emergían del mar. Huían de un peligro para darse de bruces con otro. Avelino agitaba desesperado el brazo y ella, imperturbable, mantenía la dirección da la barca. Era un buen momento para que Avelino se acordara de las madres: la de Rosetta, que la parió y de la suya, que de joven le recomendaba "nunca dejes que el timón lo lleve una mujer". Esta metáfora, tan cursi, había tomado dimensión real.
La lancha comenzó a caracolear entre las rocas dando bandazos, perseguida por la zódiac. Mientras Rosetta parecía disfrutar, Avelino se prepara para saltar por los aires. Los perseguidores estaban encima y no cabía la menor duda que era guardias civiles. Un fuerte ruido a espaldas de Rosetta y diferentes cosas negras salían disparadas hacia arriba. Parecían tres ranas y una tabla de planchar. A saber: tres números de la Benemérita y una zódiac alargada. El motor se había clavado en una roca y estaba practicando vuelo sin motor.
Rosetta gritó a pleno pulmón:
- ¡Bravo! ¡Carabinieri!
Y comenzó a aullar.
Hasta llegar a la altura del faro de Cavalleríes no dejó de dar saltitos y golpear el aire con los puños. Luego soltó el timón y se sentó junto a Avelino.
- Nos estrellaremos.
- No, daremos vueltas.
Ella apartó las trenzas de su cara y él la besó.
- ¿Te ayudo?
- Déjalo, yo puedo - dijo resoplando.
Desde la barca arrastró el motor hasta el borde del muelle y con mucha dificultad lo encajó en la popa. Él la observaba como un pasmarote. Le parecía imposible que aquel cuerpo pudiera contener tanta fuerza. Cuando le sonrió desde la barca invitándole a zarpar, apareció una grieta inesperada en su decisión. Avelino se acomodó en la proa. al salir de la dársena pudo comprobar que no iba a ser un lánguido paseo por la costa. El motor que había colocado Rosetta era mucho más potente de lo que precisaba la lancha y las olas eran cada vez más rebeldes. Salieron en volandas de la bahía de Fornells. El aire marino y el limpio sol mañanero espantaron de la mente de Avelino sus negros pensamientos. En la popa Rosetta manejaba el timón con destreza y sus trencitas bailaban detrás de su cabeza como si la misma Hidra la protegiera.
Pusieron rumbo al Cabo de Caballeries. Los dos se miraban sin decir nada y, por un instante, un hilo recto y transparente unió sus pupilas. Con el meneo al que estaban sometidos esto debería ser imposible pero, al parecer, a base de estos detalles improbables se escriben las historias. Avelino pensó que tampoco era normal que aquella joven se fijara en un hombre maduro de rostro atormentado como el suyo, vestido con pantalones cortos y una camiseta de Tintín en la Isla Negra. Desde luego no le miraba como un padre.
Las imponentes rocas de los acantilados aparecieron sobre sus cabezas. Ella le señaló el faro. Miró hacia arriba y se dio cuenta de lo poco acostumbrado que estaba a disfrutar de la vida. De natural desconfiado, dudó del interés de la muchacha hacia él, pero cuando bajó la vista se le disipó la suspicacia. Ella se había quitado la camiseta y mostraba al aire unos pechos tan inolvidables como sus piernas. Por primera vez en muchos años se olvidó por unos minutos su condición de psicópata profesional. Siendo como era, debería haber sentido picores y salirle sarpullidos ante tanto bienestar, ante la aguas cristalinas y ante la bella sirena que pilotaba al viento. Aquella Atargatis perseguida por Mopsos le estaba susurrando, bajo el ruido del motor Yamaha, entre la espuma, una canción italiana.
Después de pasar cerca de un islote habitado por alimoches, Rosetta puso rumbo hacia la cala que tanto parecía interesar a su pasajero. En media hora la lancha se deslizaba entre unos escollos marcianos hacia una playa de arena anaranjada. Cerca de la orilla, con mucho esfuerzo, levantó el motor y, sudorosa se lanzó desnuda al agua. Avelino esperó que se alejara y cuando vio que se perdía nadando hacia los acantilados saltó a la orilla y se dirigió directamente a la casa de piedra roja que estaba emboscada entre piedras del mismo color. Después de un corto pensamiento sobre lo mucho que puede dar de sí un cargo en una alcaldía, se concentró en examinar la suntuosa vivienda. Rodeó el recinto mirando de vez en cuando a través de las ventanas, tocando los pomos de las puertas y observando la arena roja acumulada delante de las zonas de paso. Nadie había vivido allí a lo largo del invierno.
Rosetta se acomodó en lo alto de una roca para observar los movimientos de su hermético pasajero. Pensó que era una alimaña. Conocía a los de su especie, pero aquel hombre era de una variedad diferente.
Ella esperó en la lancha y cuando Avelino subió le lanzo un dardo en forma de inocente pregunta:
- ¿Está aquí quién buscas?
No contestó. Pero ella sabía la respuesta.
- Ahora volveremos tranquilamente ¿Vale?
El sonido sordo de un fuera-borda llegó mezclado con el de las olas. Rosetta miró a su alrededor, dejó el timón y se sentó a horcajadas sobre el motor. Tiró del cable de la puesta en marcha y se incorporó. Lo hizo en unas décimas de segundo. El ruido al patear el fondo de la barca llamó la atención de Avelino. La vio mirando hacia las rocas. Su cuerpo estaba tenso, los puños apretados y su respiración alterada hacía que sus pechos vibraran. La encontró tremendamente bella y animal. Rosetta parecía una leona a punto de saltar sobre su presa que, gracias a Dios, no era él. Se enfrentaba a una amenaza.
- ¡Túmbate en la proa y agárrate con fuerza! ¡Rápido, joder!
Por un instante Avelino pudo ver el morro negro de una zódiac aparecer entre las rocas. Un tremendo rugido del motor y la lancha dio un tirón que le hizo caer al fondo de la barca. Se fue arrastrando hasta la proa agarrándose como pudo.
Cuando se volvió hacia Rosetta, estaba ligeramente echada sobre el timón mirando hacia un costado.
- ¡Cabrones! - gritó a alguien que parecía estar muy cerca. Fue empujando la palanca roja y las revoluciones del motor aumentaron. las olas entraban por la borda y la lancha empezó a dar saltos enloquecidos. Cada bote era seguido de un fuerte golpetazo que hacía crujir el fondo de la barca y el coxis de Avelino.
Aquella mujer se había vuelto loca, o no. Se asomó y allí detrás había una zódiac negra con tres ocupantes vestidos de submarinistas. Parecía que la embarcación era aún más rápida. Como siempre, pensó lo peor: "Esos guardias civiles nos cogen".
- ¡Para, es la Guardia Civil!
- ¡Por les collons! - Y metió a fondo la palanca.
El motor estaba a punto de explotar. con las manos agarrotadas de aferrarse a la borda y el cuerpo hecho un guiñapo, Avelino se entregó a su destino pasado por agua. A través de la espuma pudo ver la silueta de la pequeña Isla Medes; a su alrededor una multitud de pequeños promontorios que emergían del mar. Huían de un peligro para darse de bruces con otro. Avelino agitaba desesperado el brazo y ella, imperturbable, mantenía la dirección da la barca. Era un buen momento para que Avelino se acordara de las madres: la de Rosetta, que la parió y de la suya, que de joven le recomendaba "nunca dejes que el timón lo lleve una mujer". Esta metáfora, tan cursi, había tomado dimensión real.
La lancha comenzó a caracolear entre las rocas dando bandazos, perseguida por la zódiac. Mientras Rosetta parecía disfrutar, Avelino se prepara para saltar por los aires. Los perseguidores estaban encima y no cabía la menor duda que era guardias civiles. Un fuerte ruido a espaldas de Rosetta y diferentes cosas negras salían disparadas hacia arriba. Parecían tres ranas y una tabla de planchar. A saber: tres números de la Benemérita y una zódiac alargada. El motor se había clavado en una roca y estaba practicando vuelo sin motor.
Rosetta gritó a pleno pulmón:
- ¡Bravo! ¡Carabinieri!
Y comenzó a aullar.
Hasta llegar a la altura del faro de Cavalleríes no dejó de dar saltitos y golpear el aire con los puños. Luego soltó el timón y se sentó junto a Avelino.
- Nos estrellaremos.
- No, daremos vueltas.
Ella apartó las trenzas de su cara y él la besó.
El sargento Pernias llamó por radio a Servinautic desde la casa cuartel de Mercadall. Herminia supo que estaba nervioso y detrás de su voz entrecortada se adivinaba otra cabreada: la del Jefe del Puesto. Le pidió que auxiliaran a los de la zódiac que habían naufragado en las Islas Medes y que le diera los datos de la persona que había alquilado la barca de Servinautic. Ella le dijo que ya habían salido hacia allá y le recitó el nombre y la dirección como si de un parte meteorológico se tratara. Al final Pernias dijo:
- Rosetta me va a matar a disgustos, corto.
- Rosetta me va a matar a disgustos, corto.
Poco antes de la caída de la tarde Avelino estaba tumbado en una hamaca de plástico que había en la terraza de su habitación. Con el cuerpo desmadejado, sólo atinaba mirar a la bahía, persiguiendo con la mirada los barcos que entraba y salían. Se hizo a la idea de que no tenía nada que hacer. Se sentía raro. Flotando.
La sensación estaba escondida, pero salió a la superficie. Justo la que sientes cuando en el mar te "haces el muerto". Donde un momento antes te ibas a ahogar, te estiras sobre la superficie, respiras hondo y te relajas, intentando mantener el culo tieso. Milagro: flotas.
Solo faltaba la mujer que le estaba ocupando un hemisferio de su cerebro y buena parte del otro. Oyó dos golpes en la puerta y la voz de Rosetta diciendo "servicio de habitaciones". Se incorporó pensando que el destino, que con él siempre había sido cruel y escurridizo, por una vez se estaba portando.
Rosetta entró en la habitación sosteniendo una fuente y unos cubiertos.
- No te vayas sin probar la caldereta de arroz con marisco. Es del tiempo de los romanos. Lo que queda del "garum". Y si haces el favor, baja. Sobre el mostrador de la recepción hay una botella de vino italiano Aglianico y otra de Licor de Herbes de aquí ¿Vale?
Una cajera instruida y un vestido de lycra blanco tan pegado como la uña al dedo. Por si faltara algún frente, a su nariz llegó un compendio de olores marinos. Lonjas de pescado, mariscos cocidos, salitre y arrozal, más otro olor que no sabía si estaba en la fuente o en quien la portaba.
Los dos se sentaron en un atardecer de un día de esos que no aparecen en los calendarios, sin lunes ni miércoles y sin principios ni finales de mes. Uno de esos días oculto, quizás un treinta y dos.
El capricho del viento y el horizonte, les hizo navegar en un barco varado que atravesaba un mar de espejos rotos. Avelino, mientras saboreaba la caldereta, encuadró su vida con cuatro líneas negras: dos, arriba y abajo, y dos a cada lado. Y por primera vez, no vio su rostro matizado por el desvarío y la locura. Era otra persona la protagonista de la luminosa foto que tenía enfrente. Rosetta le hablaba y el callaba.
La cajera del supermercado que alargaba los "vale" al infinito le contó que su madre era de Ciudadella, hija de un armador de atuneros que aprendió a gobernar barcos y hombres. Recorrió el mar desde Creta hasta Cádiz en busca del atún rojo y conoció en la bahía de Nápoles a un truhán que le cambió la mercancía roja por otra blanca y la dejó embarazada.
- Yo nací en un atunero a punto de naufragar, cerca de la Isla de Alborán ¿Y sabes lo que me dijo un marinero de Almería?
Avelino tenía una imaginación limitada y un desconocimiento total de lo que puede decir un marinero de Almería en un momento dado, pero logró articular un "no".
- Pues que en el Mar de Alborán nacen los descendientes de los dioses y que últimamente suelen ser mujeres.
- Bueno es saberlo - dijo Avelino echando mano al licor de hierbas.
Después de un sorbo, la deseó, sin pensar en su parentesco.
- Cuando hayas terminado tu copa ven a la habitación.
Se levantó, dejando tras ella una estela blanca.
La sensación estaba escondida, pero salió a la superficie. Justo la que sientes cuando en el mar te "haces el muerto". Donde un momento antes te ibas a ahogar, te estiras sobre la superficie, respiras hondo y te relajas, intentando mantener el culo tieso. Milagro: flotas.
Solo faltaba la mujer que le estaba ocupando un hemisferio de su cerebro y buena parte del otro. Oyó dos golpes en la puerta y la voz de Rosetta diciendo "servicio de habitaciones". Se incorporó pensando que el destino, que con él siempre había sido cruel y escurridizo, por una vez se estaba portando.
Rosetta entró en la habitación sosteniendo una fuente y unos cubiertos.
- No te vayas sin probar la caldereta de arroz con marisco. Es del tiempo de los romanos. Lo que queda del "garum". Y si haces el favor, baja. Sobre el mostrador de la recepción hay una botella de vino italiano Aglianico y otra de Licor de Herbes de aquí ¿Vale?
Una cajera instruida y un vestido de lycra blanco tan pegado como la uña al dedo. Por si faltara algún frente, a su nariz llegó un compendio de olores marinos. Lonjas de pescado, mariscos cocidos, salitre y arrozal, más otro olor que no sabía si estaba en la fuente o en quien la portaba.
Los dos se sentaron en un atardecer de un día de esos que no aparecen en los calendarios, sin lunes ni miércoles y sin principios ni finales de mes. Uno de esos días oculto, quizás un treinta y dos.
El capricho del viento y el horizonte, les hizo navegar en un barco varado que atravesaba un mar de espejos rotos. Avelino, mientras saboreaba la caldereta, encuadró su vida con cuatro líneas negras: dos, arriba y abajo, y dos a cada lado. Y por primera vez, no vio su rostro matizado por el desvarío y la locura. Era otra persona la protagonista de la luminosa foto que tenía enfrente. Rosetta le hablaba y el callaba.
La cajera del supermercado que alargaba los "vale" al infinito le contó que su madre era de Ciudadella, hija de un armador de atuneros que aprendió a gobernar barcos y hombres. Recorrió el mar desde Creta hasta Cádiz en busca del atún rojo y conoció en la bahía de Nápoles a un truhán que le cambió la mercancía roja por otra blanca y la dejó embarazada.
- Yo nací en un atunero a punto de naufragar, cerca de la Isla de Alborán ¿Y sabes lo que me dijo un marinero de Almería?
Avelino tenía una imaginación limitada y un desconocimiento total de lo que puede decir un marinero de Almería en un momento dado, pero logró articular un "no".
- Pues que en el Mar de Alborán nacen los descendientes de los dioses y que últimamente suelen ser mujeres.
- Bueno es saberlo - dijo Avelino echando mano al licor de hierbas.
Después de un sorbo, la deseó, sin pensar en su parentesco.
- Cuando hayas terminado tu copa ven a la habitación.
Se levantó, dejando tras ella una estela blanca.
En el quicio de la puerta, su Mister Hyde le detuvo. Diría que tenía un regalo para ella. Abriría el armario, sacaría la bolsa de "El Corte Inglés" y haría su trabajo.
La habitación estaba en penumbra, matizada por la luz violeta del ocaso. Lo primero que distinguió Avelino fue su vestido blanco manchado de sangre. Por un instante, su torcida fantasía había solucionado el problema. Su vista se fue acomodando a la tenue luz. Ella le seguía mirando y su vestido estaba intacto. Sentada en el borde de la cama le sonreía.
Suavemente Rosetta se fue subiendo la falda, mientras Avelino permanecía delante esperando la señal. Se olvidó de sí mismo y se concentró en la sombra de su pelvis. Rosetta abrió ligeramente sus piernas y el se arrodilló ante ella. Después de besarle las rodillas comenzó el viaje que le llevaría hasta su sexo.
Rosetta estiró las piernas. Casi las abrió de par en par y suavemente las fue plegando, acomodándolas en los hombros de Avelino que, mientras chapoteaba en la suave piel de la entrepierna, no podía darse cuenta de cómo, poco a poco, las poderosas piernas de la mujer se iban cerrando como un cepo alrededor de su cuello. Un movimiento felino y su boca se encontró con antelación su destino. El se revolvió, pero ya era tarde: ella había cruzado los pies cerrando la pinza.
Una tos sorda le salió de los pulmones. Se congestionó y notó cómo se asfixiaba. En un solo segundo y en un esfuerzo desesperado se libraría. Miró lo que tenía delante. Ella no tenía vello; por lo que vio, parecían dos dunas del desierto y una luna negra que venía hacia su frente. Notó el frío cañón de la pistola.
Se le aflojó el cuerpo, y desesperado pudo aspirar el aire marino escondido en el sexo de Rosetta. De rodillas y entregado, a Avelino le pasó por la mente, en un instante, una cascada de imágenes. Eso que cuenta todo el mundo, menos los muertos.
En unos segundos notó cómo el cañón se iba deslizando hacia su sién buscando una precisa trayectoria, y no tuvo ninguna duda de que aquella mujer sabía lo que se hacía. El también sabía que era una Beretta cargada, "limpia", con un silenciador de tornillo casero, revisada por él mismo dos veces y con la empuñadura y el gatillo enfundados en látex.
Y estaba seguro que "el suicidio de un empleado de la Biblioteca Municipal de León de baja por depresión, hallado muerto en un hotel de Menorca", no iba a ser noticia.
El instinto y el agobio le marcaron el único camino. Su lengua entró en el sexo de ella. Lamió desesperado durante varios minutos sintiendo la presión de las piernas de Rosetta y el cañón de la pistola. Escuchó su respiración y sus gemidos y se dio cuenta, aterrado, de cómo allí dentro se batían dos fuerzas antagónicas, enmascaradas de dolor y placer: la muerte y la vida hacían su eterna esgrima. Y una hirió a la otra con un certero pinchazo.
Apoyando la espalda en la cama dejó que la pistola resbalara de su mano cayendo al piso. Ese sonido significó la liberación de Avelino que, reculando, se arrastró hasta un rincón y allí se dejó llevar por la tos y el quejido de los cobardes.
- Espero que un día dejes de arrastrarte - dijo Rosetta, con vos ronca que en nada se parecía a la juvenil "vaaale".
Avelino seguía tosiendo y ella permanecía mirando al techo.
- Mi contacto en Menorca es un tal Mauricio que trabaja en la Pizzería Fredo de San Carlos, de pinche en la cocina. Tiene un barco de vela atracado en el puerto con el que tenía que llevarme a Mallorca. El me dio la pistola. Rosetta se incorporó. Tenía los ojos brillantes:
- ¿Esos cabrones mandan a una lagartija como tú y a un sicario de la Sacra Corona Unita para hacer el trabajo? ¿Tanto miedo les da matar a la hija de Giuseppe Garanni? ¡San Gennaro Bendito! - Rosetta observaba cómo se ponía en pie y le pareció patético que aquel hombre destrozara su vida acabando con la de los demás. Ni siquiera sintió rencor.
Avelino cogió la bolsa de "El Corte Inglés" del armario. Dio unos pasos y la mantuvo abierta delante de ella.
La chica cogió la pistola del suelo, la sostuvo en el aire y la dejó caer en el fondo de la bolsa.
- Si quieres salir vivo de esta isla, más vale que le devuelvas a ese Mauricio la pistola y el dinero, que supongo te ha dado, y le digas que no me has encontrado.
El aspiro el inhalador y se dio media vuelta. Cuando caminaba hacia la puerta, ella le dijo:
- No se por qué no te he matado.
Avelino se giró y del bolsillo de la camisa sacó una foto en blanco y negro.
- Ni yo tampoco.
Rosetta la cogió. Era la tarde de su octavo cumpleaños y su padre le había regalado unos zapatos rojos de charol.
La habitación estaba en penumbra, matizada por la luz violeta del ocaso. Lo primero que distinguió Avelino fue su vestido blanco manchado de sangre. Por un instante, su torcida fantasía había solucionado el problema. Su vista se fue acomodando a la tenue luz. Ella le seguía mirando y su vestido estaba intacto. Sentada en el borde de la cama le sonreía.
Suavemente Rosetta se fue subiendo la falda, mientras Avelino permanecía delante esperando la señal. Se olvidó de sí mismo y se concentró en la sombra de su pelvis. Rosetta abrió ligeramente sus piernas y el se arrodilló ante ella. Después de besarle las rodillas comenzó el viaje que le llevaría hasta su sexo.
Rosetta estiró las piernas. Casi las abrió de par en par y suavemente las fue plegando, acomodándolas en los hombros de Avelino que, mientras chapoteaba en la suave piel de la entrepierna, no podía darse cuenta de cómo, poco a poco, las poderosas piernas de la mujer se iban cerrando como un cepo alrededor de su cuello. Un movimiento felino y su boca se encontró con antelación su destino. El se revolvió, pero ya era tarde: ella había cruzado los pies cerrando la pinza.
Una tos sorda le salió de los pulmones. Se congestionó y notó cómo se asfixiaba. En un solo segundo y en un esfuerzo desesperado se libraría. Miró lo que tenía delante. Ella no tenía vello; por lo que vio, parecían dos dunas del desierto y una luna negra que venía hacia su frente. Notó el frío cañón de la pistola.
Se le aflojó el cuerpo, y desesperado pudo aspirar el aire marino escondido en el sexo de Rosetta. De rodillas y entregado, a Avelino le pasó por la mente, en un instante, una cascada de imágenes. Eso que cuenta todo el mundo, menos los muertos.
En unos segundos notó cómo el cañón se iba deslizando hacia su sién buscando una precisa trayectoria, y no tuvo ninguna duda de que aquella mujer sabía lo que se hacía. El también sabía que era una Beretta cargada, "limpia", con un silenciador de tornillo casero, revisada por él mismo dos veces y con la empuñadura y el gatillo enfundados en látex.
Y estaba seguro que "el suicidio de un empleado de la Biblioteca Municipal de León de baja por depresión, hallado muerto en un hotel de Menorca", no iba a ser noticia.
El instinto y el agobio le marcaron el único camino. Su lengua entró en el sexo de ella. Lamió desesperado durante varios minutos sintiendo la presión de las piernas de Rosetta y el cañón de la pistola. Escuchó su respiración y sus gemidos y se dio cuenta, aterrado, de cómo allí dentro se batían dos fuerzas antagónicas, enmascaradas de dolor y placer: la muerte y la vida hacían su eterna esgrima. Y una hirió a la otra con un certero pinchazo.
Apoyando la espalda en la cama dejó que la pistola resbalara de su mano cayendo al piso. Ese sonido significó la liberación de Avelino que, reculando, se arrastró hasta un rincón y allí se dejó llevar por la tos y el quejido de los cobardes.
- Espero que un día dejes de arrastrarte - dijo Rosetta, con vos ronca que en nada se parecía a la juvenil "vaaale".
Avelino seguía tosiendo y ella permanecía mirando al techo.
- Mi contacto en Menorca es un tal Mauricio que trabaja en la Pizzería Fredo de San Carlos, de pinche en la cocina. Tiene un barco de vela atracado en el puerto con el que tenía que llevarme a Mallorca. El me dio la pistola. Rosetta se incorporó. Tenía los ojos brillantes:
- ¿Esos cabrones mandan a una lagartija como tú y a un sicario de la Sacra Corona Unita para hacer el trabajo? ¿Tanto miedo les da matar a la hija de Giuseppe Garanni? ¡San Gennaro Bendito! - Rosetta observaba cómo se ponía en pie y le pareció patético que aquel hombre destrozara su vida acabando con la de los demás. Ni siquiera sintió rencor.
Avelino cogió la bolsa de "El Corte Inglés" del armario. Dio unos pasos y la mantuvo abierta delante de ella.
La chica cogió la pistola del suelo, la sostuvo en el aire y la dejó caer en el fondo de la bolsa.
- Si quieres salir vivo de esta isla, más vale que le devuelvas a ese Mauricio la pistola y el dinero, que supongo te ha dado, y le digas que no me has encontrado.
El aspiro el inhalador y se dio media vuelta. Cuando caminaba hacia la puerta, ella le dijo:
- No se por qué no te he matado.
Avelino se giró y del bolsillo de la camisa sacó una foto en blanco y negro.
- Ni yo tampoco.
Rosetta la cogió. Era la tarde de su octavo cumpleaños y su padre le había regalado unos zapatos rojos de charol.
A la mañana siguiente el sargento Pernias entraba en el hostal. Estaba acalorado y ella, detrás del mostrador de la recepción, lo veía venir como a un toro desde el burladero.
- Rosetta ¿Quieres que te maten? ¿Y qué pasa con el que protege a un testigo protegido? ¡Qué le den por culo! ¿No?
- Vaaale, carabinieri.
- No han mandado a un napolitano. El sicario es español. Y creo que era el que ayer estaba contigo. Herminia me dio los datos del carnet de identidad, anoche pedí información a Madrid. Un señor de León que trabaja de bibliotecario y está de baja por depresión denunció su pérdida hace dos semanas. Ya sabes, tu amigo puede ser un puto asesino a sueldo.
- Pernias desdobló un papel, era un retrato robot de alguien - ¿En qué habitación está?
- Se marchó ayer y no era ese. - Rosetta decía la verdad, aquel rostro no se parecía ni por asomo al de Avelino.
- Joder, joder. Estamos a punto de cazar al único asesino profesional de este país y tú nos tiras todo el dispositivo por la borda, incluido un motor y tres guardias.
- Si quieres cazar a un asesino profesional, yo tengo a uno, lástima que sea italiano. ¿Vaaale? Mira, te das un paseo hasta San Carlos y en la Pizzería Fredo buscas al pinche de cocina: un tal Mauricio. Allí, o en el barco donde ha venido, tendrá escondida una Beretta con silenciador y un buen fajo de billetes, todo dentro de una bolsa de "El Corte Inglés". Ese bicho es de Plugia, lo han contratado los míos, pero es de Sacra Corona Unita. Interpol y tu testiga protegida te lo agradecerán.
Pernias se quedó mirándola sin saber qué decir y lo peor, sin saber qué pensar. Al cabo de unos segundos, algo dijo: Vaaale....
- Rosetta ¿Quieres que te maten? ¿Y qué pasa con el que protege a un testigo protegido? ¡Qué le den por culo! ¿No?
- Vaaale, carabinieri.
- No han mandado a un napolitano. El sicario es español. Y creo que era el que ayer estaba contigo. Herminia me dio los datos del carnet de identidad, anoche pedí información a Madrid. Un señor de León que trabaja de bibliotecario y está de baja por depresión denunció su pérdida hace dos semanas. Ya sabes, tu amigo puede ser un puto asesino a sueldo.
- Pernias desdobló un papel, era un retrato robot de alguien - ¿En qué habitación está?
- Se marchó ayer y no era ese. - Rosetta decía la verdad, aquel rostro no se parecía ni por asomo al de Avelino.
- Joder, joder. Estamos a punto de cazar al único asesino profesional de este país y tú nos tiras todo el dispositivo por la borda, incluido un motor y tres guardias.
- Si quieres cazar a un asesino profesional, yo tengo a uno, lástima que sea italiano. ¿Vaaale? Mira, te das un paseo hasta San Carlos y en la Pizzería Fredo buscas al pinche de cocina: un tal Mauricio. Allí, o en el barco donde ha venido, tendrá escondida una Beretta con silenciador y un buen fajo de billetes, todo dentro de una bolsa de "El Corte Inglés". Ese bicho es de Plugia, lo han contratado los míos, pero es de Sacra Corona Unita. Interpol y tu testiga protegida te lo agradecerán.
Pernias se quedó mirándola sin saber qué decir y lo peor, sin saber qué pensar. Al cabo de unos segundos, algo dijo: Vaaale....
jueves, 18 de septiembre de 2014
La riada del Muluya. (Relato bastante cortito...) Ilustración y texto CS.
Hamed y su borrico Chivani volvían a su Kábila. Mientras, una manta negra cubría el cielo .“Corre Chivani que tenemos que cruzar el río antes que se enfade el agua. Que una gota trae dos y dos traen mil. Que las nubes crían ranas, salta una y llueven cientos. Que el agua inundará los caminos y ahogará a los pobres como tu y como yo. Vamos Chivani que el río nos agarrará del cuello y nos llevará con él”
Cruzaron al trote el cauce seco mientras un sonido oscuro, como salido de el fondo de un cántaro, bramaba por encima de los truenos. Todos los gnum de las montañas parecían enfurecidos ululando de miedo.
Llegaron a la otra ribera del cauce resoplando, burro y hombre. Subidos en lo alto de la colina miraron hacia el rio seco. Entre rayos y truenos aparecieron los rabiosos jinetes de la tormenta, subidos en sus bestias de barro negro y cañas retorcidas. Una lengua de agua y lodo inundó el valle. La riada se llevó muros y árboles cabalgando sobre su ola.
“¿Ves Chivani? Hoy la hemos burlado. El próximo invierno también lo conseguiremos. Insha'Allah. Vámonos a casa que tu mojado amo se va a calentar un té”
Cruzaron al trote el cauce seco mientras un sonido oscuro, como salido de el fondo de un cántaro, bramaba por encima de los truenos. Todos los gnum de las montañas parecían enfurecidos ululando de miedo.
Llegaron a la otra ribera del cauce resoplando, burro y hombre. Subidos en lo alto de la colina miraron hacia el rio seco. Entre rayos y truenos aparecieron los rabiosos jinetes de la tormenta, subidos en sus bestias de barro negro y cañas retorcidas. Una lengua de agua y lodo inundó el valle. La riada se llevó muros y árboles cabalgando sobre su ola.
“¿Ves Chivani? Hoy la hemos burlado. El próximo invierno también lo conseguiremos. Insha'Allah. Vámonos a casa que tu mojado amo se va a calentar un té”
"Con este calor pienso en ti..." Poemas de NÂZIM HIKMET .... ilu. CS
Con este calor pienso en ti
tu desnudez
tu cuello tus muñecas
las cosas que me decías
con los pies como una blanca paloma descansando en un cojín.
Con este calor pienso en ti
no sé si lo que más recuerdo
lo que viene a mis ojos
es tu cuello tus muñecas
tus pies descalzos
las cosas que me decías cuando eras mía.
Con este calor amarillo pienso en ti
en la habitación de un hotel con este calor amarillo pienso en ti
y me despojo de mi soledad
mi soledad que se parece un poco a la muerte.
10 de julio de 1959
De "Últimos poemas 1959-1960-1961"
Versión de Fernando García Burillo
martes, 26 de agosto de 2014
HOMERO
LA IRA DE AQUILES..........ILIADA DE HOMERO, fragmento
"Se abrazó a las piernas de Aquiles, llorando, e imploró suplicante: "¡Oh, Aquiles! Apiádate de mí que he perdido a casi todos mis cincuenta hijos, incluido aquel que era único para mí, Héctor. Respeta a los dioses y recuerda el amor que te tiene tu padre, que espera ansioso volver a estrecharte junto a su pecho, en la lejana Argos. Yo soy más digno de compasión que él, puesto que me he atrevido a lo que ningún otro mortal en la tierra: a llevar a mis labios la mano del hombre que ha matado a mi hijo". Aquiles rompió a llorar por el recuerdo de su padre y de Patroclo. Cogió la mano de Príamo mientras le alzaba con suavidad. Ambos lloraban y los gemidos resonaban en la tienda." ( ilu CS)
LA DUDA DE CIRCE ......ODISEA DE HOMERO , fragmento
."¿Quién y de dónde eres? ¿Dónde tienes tu ciudad y tus padres? Estoy sobrecogida de admiración, porque no has quedado hechizado a pesar de haber bebido estos brebajes. Nadie, ningún otro hombre ha podido soportarlos una vez que los ha bebido y han pasado el cerco de sus dientes. Pero tú tienes en el pecho un corazón imposible de hechizar. Así que seguro que eres el viajero Odiseo, de quien me dijo el de la varita de oro, el Argifonte, vendría al volver de Troya en su rápida y negra nave. Vamos, vuelve tu espada a la vaina y subamos a mi cama, para entregarnos mutuamente unidos en amor y lecho."
Ilu./CS
LA VENGANZA DE ULISES.......ODISEA DE HOMERO
Entonces el muy astuto Ulises se despojó de sus andrajos, saltó al gran umbral con el arco y el carcaj lleno de flechas y las derramó ante sus pies diciendo a los pretendientes:
«Ya terminó este inofensivo certamen; ahora veré si acierto a otro blanco que no ha alcanzado ningún hombre y Apolo me concede gloria.»
Así dijo, y apuntó la amarga saeta contra Antínoo. Levantaba éste una hermosa copa de oro de doble asa y la tenía en sus manos para beber el vino. La muerte no se le había venido a la mente, pues ¿quién creería que, entre tantos convidados, uno, por valiente que fuera, iba a causarle funesta muerte y negro destino? Pero Ulises le acertó en la garganta y le clavó una flecha; la punta le atravesó en línea recta el delicado cuello, se desplomó hacia atrás, la copa se le cayó de la mano al ser alcanzado y al punto un grueso chorro de humana sangre brotó de su nariz. Rápidamente golpeó con el pie y apartó de sí la mesa, la comida cayó al suelo y se mancharon el pan y la carne asada.
ilu/ CS
sábado, 23 de agosto de 2014
El Hilo Plateado: Melancolias gaussianas
El Hilo Plateado: Melancolias gaussianas: --------------------------------------------------------------------- Este relato lo presenté a un conc...
jueves, 21 de agosto de 2014
Melancolias gaussianas
Este relato lo presenté a un concurso que pasó con bastante pena y ninguna gloria. Curiosamente el ganador fue otro fraile medieval de vida más florida y obediente con sus obispos. ¡Que coincidencias tan esotéricas!. Este buen fraile, sin perrito que le ladre, no merece morir dos veces y siendo yo su depositario intelectual es mi obligación que su sencilla historia no quede en el olvido. Y sea juzgado sin sospechas por la ecuanimidad y la benevolencia del lector.
LA PENITENCIA DE ZACARÍAS
DE MOSQUERUELA
1. Por mi culpa.
- Mal agüero, fray Zacarías. No he de recordarte que pisas tierra del Reino de Aragón y es al Obispo de Albarracín a quien te debes y no al impostor de Segorbe que sólo a Valencia mira.
En aquella guerra soterrada entre obispos, deanes, arcedianos y canónigos, mi humilde persona tenía las de perder y como hijo de la Villa de Mosqueruela estaba en mi ser, por así decir, tener si es preciso, “la mosca detrás de la oreja”.
Mi Prior, el Mío, prosiguió con sus delicados modales:
- Careces de padres y prudencia: ¡Ábrela y léela ante mi con la humildad del lego! –al mismo tiempo que hacía volar el crucifijo que se sacó de la manga y lo atrapaba, asiéndolo por la parte superior a modo de puñal. Bajo los pies clavados del Redentor el madero se afilaba terminando en una punta dolorosa, que fue a anidar bajo mi barbilla. Al punto dejé de tentar mi suerte.
2. La carta
Quebrado el lacre, así decía la carta del Obispo de Segorbe:
“Que la Gracia de Dios te proteja hermano Zacarías. Es una suerte alcanzar el favor de los poderosos y más si a Dios representan. Tengo sobre mi mesa el “Devotio Instans” y en los momentos de tribulación y desasosiego suelo ojear sus sugerentes dibujos y en las formas sinuosas de las flores y guirnaldas que adornan las capitulares adivino ángeles, envueltos en túnicas doradas y transparentes que ensalzan el nombre de Nuestro Señor. Pregunté, quién era ese artista tan dotado que entre hojas de acanto hace ver esos cuerpos virginales. Es Zacarías de Mosqueruela, me respondieron: el mejor iluminador que ha dado el reino de su Majestad, incluidos Nápoles, Flandes y todo el Ducado de la Borgoña. Recibí información de que este fraile, vos, no sólo iluminaba doctos códices y vidas santas sino que también realizaba curiosas pinturas de corte helénico.”
En este punto las manos me comenzaron a sudar.
Si mi Abad adivinaba la insinuación que estaba haciendo el Obispo iba a irme al otro mundo con un crucificado clavado en la espalda. Que una cruz igual sirve para salvarte que para que te claven en ella.
Proseguí la lectura sin perder ritmo ni aplomo.
“Y dada tu condición de siervo de la Iglesia y esclavo de la fantasía, te he elegido para una misión, que sin duda purificará tu mente y te preparará para el postrero Purgatorio que a buen seguro te espera”.
Mi Señor Prior, el Mío, refunfuñó.
“En cinco días te espero en Segorbe. Y de favor, dile a tu Prior que necesitas un útil instrumento de profunda mirada, largas orejas y que se desplaza lentamente, menos costoso de lo que mi Obispado, al que nada aprecia él, paga por los sagrados libros que compra a su monasterio. Dile que te provea de un burro”.
3. La penitencia
Después de cuatro horas soportando el frío helado, abrazado al caliente hocico del asno, alguien gritó mi nombre. Crucé el patio del palacio y bajo los arcos me esperaba un grueso benedictino con cara de oso enfadado. Sabe Dios el odio que le tienen a nuestras humildes sayas pardas.
- ¡Acompáñame fray Zacarías de Mosqueruela! Me gritó como si estuviera encaramado en un púlpito. Si hubiera podido aquel hombre me habría pateado el trasero.
Le seguí hasta un habitáculo cercano a las cuadras. Allí estaba el Obispo sin el boato al que la carta apuntaba. Después de arrodillarme le bese la mano. Supe que era él por el color rojo de la bocamanga y el grueso anillo pastoral -de oro macizo- que adornaba su dedo. La luz apagada de la vela no era suficiente para ver su rostro y yo lo prefería así.
Abrió un libro que descansaba en un atril. Era una copia del “Comentario al Apocalipsis” de Beatus de Liébana. Lo conocía demasiado bien. Enfebrecido -a los catorce años- lo había copiado una primavera plagada de olores, pájaros, insectos y polen. En el jardín del claustro las hojas entrelazadas mecían gotas de agua cristalina mientras yo soñaba con ángeles desnudos que bailaban unidos celebrando la gloría del divino.
Me quedé extasiado ante lo que yo, alguna vez logré pintar.
-¿Que ves aquí Zacarías? –me preguntó el Obispo con una voz que parecía salir del fondo de un cántaro.
-Profetas que cantan y tañen sus laúdes alrededor del Cordero Divino, mi Eminencia.
-Y ahora… ¿que ves? – dijo, mientras desplegaba una de las hojas y le colocaba detrás la vela.
Todo mi cuerpo comenzó temblar, mis rodillas se doblaron. Y postrado, me oriné como un niño.
- Hombres desnudos unidos que bailan y tocan los laúdes. Una fantasía que el capricho de las tintas y el mismísimo diablo han iluminado -dije con un hilo de voz.
- Si, un pobre diablo llamado Zacarías que arderá en las llamas de la purificación después de sufrir tortura… si no cumple la penitencia que se merece -noté que su Eminencia no quería perder un ápice de su tiempo con un fraile carne de hoguera y sambenito.
- Cuando salga la próxima luna quiero que estés en un lugar llamado “El Humilladero” en las cercanías de Alcalá de la Selva. Allí te encontrarás con hombres armados. A ellos y unos carros de bueyes tienes que guiarlos por senderos y atajos, lejos de pueblos y aldeas, hasta la cima de Peñagolosa. Tu conoces esos caminos y os llevará cuatro jornadas. Si alguien os avista aunque sea un halcón date por quemado vivo.
Me dio mala espina el lugar del encuentro. Ser “peirón” era mi sino y mi humillación sabía que llegaría más pronto que después.
4. La muerte.
A veces le pido a Dios que me revele el nombre de mi madre y el sitio donde abandoné mi cuna. No puede ser que la barriga que me engendró fuera la gélida agua de un pozo. Sentí su calor, el olor a leche de cabra y sueño que sus ojos negros me miran y sus labios me vuelven a rozar mientras susurra en lengua extraña una nana. Quizá por eso los caminos que rodean la comarca son mi claustro y sus bosques la abadía.
Los últimos rayos iluminaban el lugar y un cierzo afilado batía los árboles. La oscura silueta de un edificio de sillería -“el humilladero”- daba un aire siniestro al lugar. Desde mi atalaya podía ver el camino. Al principio creí que era una manada de lobos. Encorvados, se movían sigilosos por entre los arbustos, confundiéndose con los troncos de los árboles. Un brillo plateado me alertó: era la hoja de una espada. Sentí rondar la muerte y permanecí quieto rogando al Salvador que La Pálida no percibiera mi presencia.
5. El germano
Cuando amaneció me sentí un alma en pena. Estaba en un riachuelo y me lavaba la sangre de las manos, los brazos y el sayo. Aquella noche triste fui un piadoso sepulturero. Separé los cadáveres amontonados en el terraplén donde los habían tirado como animales degollados. Luego les tape el rostro y di cristiana despedida. Eran seis hombres, uno casi un niño, y una mujer tan bella como la Virgen María con el rostro blanco, como cincelada en mármol, y cabellos rojos que a la luz de la luna le hacían parecer una princesa de los países del norte que dormía plácidamente.
Al cuarto rosario me acerqué y puse mi mano sobre la suya. Le dije que me llamaba Zacarías de Mosqueruela y era iluminador del Monasterio de la villa donde se dirigía, que los asesinos volverían ese día. Que iban de llevar los carros robados hacia oriente pasando al Reino de Valencia por la cima de Peñagolosa. Se revolvió y me puso la punta de un puñal a la altura del corazón.
- ¿Porqué lo sabes?
- Yo voy a ser su guía. Y la punta del afilado fierro se mantuvo milagrosamente quieta. Un hispano o un morisco de estos reinos calientes me lo habría clavado, pero está en el germano ser frío, como su clima, y saber cómo cocinar lentamente una venganza. Me ofreció el cuchillo para que en el suelo dibujara mi destino. Hecho con la mano al barro, señalé cuatro jornadas y pedí de voz que por la gracia del Dios avisara a mi Prior de Mosqueruela y si por piedad ante mis pesares viniera, no lo hiciera sólo con monaguillos, que era cosa de recios guardias y alguaciles que a los Fueros de Aragón defendieran, porque me constaba que llegado a mis siempre queridas tierras levantinas, mi cabeza humana, la Mía, en calavera se habría de tornar.
El germano se alejó por el camino. Entre el cuello y la cola de su mula en un hilo perfecto y tenso reposaba el cuerpo de su amada, casi sostenido en el aire, luminoso y blanco. Nunca ví a la muerte tan bella, ni a la vida tan muerta, caminando, y tan perdidas.
6. El Renacimiento
Queden las cuatro jornadas condenadas al olvido. Entre los homicidas había gente muy noble y mercenarios, unidos por la sangre derramada. No probé su pan ni bebí su agua. Recé por las almas inocentes y porque apareciera mi Prior acompañado de un ejército de ángeles vengadores. Nada ocurrió y cuando pasamos junto a la gigante roca del Pico de Peñagolosa, supe que estábamos en Castellón. Desposeído de mis fueros y abandonado por mi gente. Era el testigo de una infamia y no me iban a dejar ver amanecer un día más.
A la puesta de sol bajábamos por un barranco y estuvieron a punto de despeñarse bueyes y carros. Si mi muerte estaba escrita, el Señor me despidió con una fiesta de olores en el bosque más bello que nunca vi: tejos, acebos, rosas silvestres, todo salpicado de violetas: un elixir preparado por la naturaleza que me hizo conciliar el último sueño.
Al amanecer no me despertó el trino de los pájaros, lo hizo el extraño sonido: de un chasquido metálico seguido de un silbido, repetido hasta siete veces. Me incorporé, trastabillando, preso de la debilidad y me dirigí al lugar donde estaban los carros y la tienda del Mandamás. El camino estaba sembrado de muertos. Todos los asesinos tenían clavados unos dardos de fierro y los ojos cargados de horror. Desde la profundidad del bosque alguien los había cazado sin darles tiempo a sacar sus espadas. Cuando me acerque la tienda vi el lomo peludo de un gran oso. Estaba dentro y yo tenía que correr sin volver la vista atrás.
La juventud y los buenos cuidados de aquella gente pobre de la sierra me devolvió la savia. Ellos me llevaron al monasterio y en la puerta me dejaron como hizo mi madre hacía veinte años y fue así que volví a nacer. Di todas las gracias de este mundo al morisco y a los dos zagales que hijos suyos eran y le dije que su Alá se lo pagaría en el Edén. Me contestó que ya estaba pagado y lo fue por el hombre que me dejó a su cuidado. Sacó del bolsillo una gruesa moneda oro. La observé. Parecía un sello y en el escudo se podía distinguir: un oso, una ballesta y un hombre que parecía esparcir la semilla por el campo. Al devolvérsela el morisco me dijo:
- Está moneda llevará a mi familia y a mí al otro lado del mar. En Tunis lloraremos por nuestros bosques y nuestras huertas de las que nos echan. Pero volveremos a nacer y alabar a Alá y su Profeta Mahoma, sin ser ni humillados ni escupidos.
7. La máquina
El Día de la Romería de San Martín, grandes cosas me ocurrieron que hicieron reconducir la hasta ese momento torturada vida por la vereda sosegada del estudio, el trabajo y la oración. Hacía un mes que el mismísimo Papa había zanjado disputas uniendo las dos Diócesis en una llamada de Segorbe y Albarracín. Al fin El Santo Oficio y los Alguaciles retiraron cargos y sospechas. Aunque periódicamente el resto de mi vida me harían la dichosa pregunta del barranco. Esa mañana mi Prior me dijo que fuera con él al Barrio de La Estrella, que quería enseñarme algo misterioso. Alegres, mezclados entre las gentes contenta por el vino, mi Prior, el Mío, y yo fuimos a la llamada Casa Vieja. Entramos en una nave de altos techos, un rayo de luz entraba por el ventanal, iluminando el artefacto más grandioso y a la vez hermoso que en mi vida viera: una imprenta
Un hombre giraba una manivela mientras la prensa imprimía el papel de arroz. Miró a la luz el resultado, dejó con cuidado el pliego sobre una mesa y se dirigió hacia nosotros limpiándose las manos. Nunca me hubiera olvidado de su cara, Joannes Von Bauer me abrazó como un oso y nos enseñó la imprenta y su funcionamiento. Me miró fijamente a los ojos y me dijo:
- Esta es un arma más poderosa que un ejército y expande el pensamiento y la palabra del Señor más que mil monasterios. Algunos han osado matar por tenerla. Dando unos golpes a la madera para demostrar su solidez y prosiguió: al menos se necesitan tres carros con dos bueyes cada uno para transportar esta imprenta.
Por un momento me vi , en lo que tarda el vuelo de una mosca, pasar de un tiempo antiguo a otro nuevo. Pisando con una sandalia en un sitio y con la otra en otro.

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El Feo púbico (Un extraño caso para el Doctor Deseux) Premio Concurso de Relatos Depilación Laser 2009 listmaster@corporacioncapilar.es
Primer día.
Marcia Hernández pisaba por primera vez la consulta sexológica del Doctor Deseux. Se distrajo en observar los diplomas que colgaban de la pared. Que si un Master del Instituto Sexológico de Reykiavik. Otro de mantras erógenos de India y Nepal. Curso acelerado en eyaculación precoz en un plísplás y un premio, magníficamente enmarcado, otorgado por el éxito editorial de su manual de autoayuda : “ Como superar el miedo a tu propio sexo y el pánico ante el de tu pareja”. Marcia pensó que el Doctor era un compendio de conocimientos pero dudaba que fuera capaz de solucionar su problema.
Al fondo de la sala, iluminada por la claridad que entraba por la ventana había una bella estatua griega. Marcia no pudo evitar un ligero escalofrío al ver aquella figura tan perfecta. Era un hombre desnudo que alguna vez había llevado una lanza y parecía andar relajadamente . Sus poderosas piernas : una firme y la otra ligeramente flexionada, le arqueaba el cuerpo de tal forma que marcaba la cintura y cincelaba el pecho. Para colmo, desde su cabeza ligeramente inclinada, sonreía. Ella, extasiada, observó la superficie pulida del mármol hasta llegar a su pelvis y allí lo vio.
Agazapado estaba el mismísimo Groucho Marx. Dio un respingo y oyó una voz a su espalda. -Es Doríforo. Aquiles para los amigos. Su autor fue el griego Policleto discípulo de Mirón- dijo el doctor invitando a Marcia a sentarse en el diván. Después de ponerse las gafas de psicoanalista belga y echarle un vistazo de arriba abajo prosiguió: Policleto consiguió su ideal de belleza y su altura mide su cabeza por siete.
Ella se sonrojó. Más que las proporciones, estaba mirando otro sitio más intimo del mozo de piedra y el doctor le había pillado. Pero lo peor era que su mente y Groucho Marx se la habían jugado otra vez.
Al fondo de la sala, iluminada por la claridad que entraba por la ventana había una bella estatua griega. Marcia no pudo evitar un ligero escalofrío al ver aquella figura tan perfecta. Era un hombre desnudo que alguna vez había llevado una lanza y parecía andar relajadamente . Sus poderosas piernas : una firme y la otra ligeramente flexionada, le arqueaba el cuerpo de tal forma que marcaba la cintura y cincelaba el pecho. Para colmo, desde su cabeza ligeramente inclinada, sonreía. Ella, extasiada, observó la superficie pulida del mármol hasta llegar a su pelvis y allí lo vio.
Agazapado estaba el mismísimo Groucho Marx. Dio un respingo y oyó una voz a su espalda. -Es Doríforo. Aquiles para los amigos. Su autor fue el griego Policleto discípulo de Mirón- dijo el doctor invitando a Marcia a sentarse en el diván. Después de ponerse las gafas de psicoanalista belga y echarle un vistazo de arriba abajo prosiguió: Policleto consiguió su ideal de belleza y su altura mide su cabeza por siete.
Ella se sonrojó. Más que las proporciones, estaba mirando otro sitio más intimo del mozo de piedra y el doctor le había pillado. Pero lo peor era que su mente y Groucho Marx se la habían jugado otra vez.
Meses más tarde.
Después de muchas sesiones el Doctor no conseguía descifrar los motivos subconscientes que provocaban en Marcia sus alucinaciones a la vista de las pelvis de los hombres que había conocido- íntimamente- y que a su vez, acompañaba con fobias que hacían que sus relaciones sexuales llegaran a ser insufribles.
El eminente sexólogo se lo tomó como cosa personal. Hizo un estudio sobre sus relaciones una por una y le llamó la atención que ella en vez de llamar a sus parejas por el nombre les llamara por apodos.
Primero salió con David Bisbal, luego con Paulina Rubio, también con Miky Mouse. La lista siguió aumentando con la madre de los Simpson, Chiquilicuatre, Amy Winehouse y hasta el sabio de la tele Señor Punset, que así llamaba a la pareja que tenía en ese momento. Deseux estuvo a punto de tirar la toalla, pero una tarde ella señaló a la estatua Doríforo y susurró: - Mira que está gracioso ahí Groucho Marx.
El posó su vista en la pelvis de la estatua. No se lo podía creer, allí estaba. Cuando terminó la sesión, como un poseso cogió los nombres y dibujó el peinado de cada personaje en forma de vello púbico. Y todos aparecieron salidos de su lápiz y de la calenturienta mente de la chica. Cada sexo recordaba un personaje. El Chiquilicuatre de vello espeso y con patillas ; el de David Bisbal con graciosos ricitos, otro como afro, otro punki y así. Más feos que bellos, los diferentes vellos púbicos parecían una colección de pelucas.
¿Como vas a practicar sexo saludable si el miembro de tu compañero parece tener el mismo “look” que la clarividente cabeza del Sr. Eduard Puset?
El eminente sexólogo se lo tomó como cosa personal. Hizo un estudio sobre sus relaciones una por una y le llamó la atención que ella en vez de llamar a sus parejas por el nombre les llamara por apodos.
Primero salió con David Bisbal, luego con Paulina Rubio, también con Miky Mouse. La lista siguió aumentando con la madre de los Simpson, Chiquilicuatre, Amy Winehouse y hasta el sabio de la tele Señor Punset, que así llamaba a la pareja que tenía en ese momento. Deseux estuvo a punto de tirar la toalla, pero una tarde ella señaló a la estatua Doríforo y susurró: - Mira que está gracioso ahí Groucho Marx.
El posó su vista en la pelvis de la estatua. No se lo podía creer, allí estaba. Cuando terminó la sesión, como un poseso cogió los nombres y dibujó el peinado de cada personaje en forma de vello púbico. Y todos aparecieron salidos de su lápiz y de la calenturienta mente de la chica. Cada sexo recordaba un personaje. El Chiquilicuatre de vello espeso y con patillas ; el de David Bisbal con graciosos ricitos, otro como afro, otro punki y así. Más feos que bellos, los diferentes vellos púbicos parecían una colección de pelucas.
¿Como vas a practicar sexo saludable si el miembro de tu compañero parece tener el mismo “look” que la clarividente cabeza del Sr. Eduard Puset?
El última día.
Ella triste, se tumbó en el diván. Y el doctor rasgó la hoja de su cuaderno de apuntes y se la enseñó.
-Esto es lo ves ¿no? Emocionada con lágrimas en los ojos contestó:
- Si, esta es mi pesadilla- Y le preguntó preocupada si lo suyo tenía solución .
Él sonriente sacó del bolsillo una tarjeta azul de la clínica de depilación.
-Que vaya tu chico contigo. Ellos lo resolverán: son especialistas. Nunca más le llamarás Sr. Punset. Marcia estalló de alegría dándole un beso tan efusivo que las gafas de culo de botella del Doctor saltaron por los aires.
Cuando la chica se hubo ido, él se quedó observando la bella estatua de Doríforo y se preguntó que haría si se tropezara con joven tan bello como aquel. Salió del despacho y pidió a su secretaria que le pidiera hora para hacerse una depilación.
La chica quedó un poco sorprendida. Al cabo de unos segundos le dijo:
- Doctor, me preguntan que tipo de depilación desea.
- Intima, muy intima – dijo Deseux , dispuesto a liberar su cuerpo y su mente de una vez por todas.
-Esto es lo ves ¿no? Emocionada con lágrimas en los ojos contestó:
- Si, esta es mi pesadilla- Y le preguntó preocupada si lo suyo tenía solución .
Él sonriente sacó del bolsillo una tarjeta azul de la clínica de depilación.
-Que vaya tu chico contigo. Ellos lo resolverán: son especialistas. Nunca más le llamarás Sr. Punset. Marcia estalló de alegría dándole un beso tan efusivo que las gafas de culo de botella del Doctor saltaron por los aires.
Cuando la chica se hubo ido, él se quedó observando la bella estatua de Doríforo y se preguntó que haría si se tropezara con joven tan bello como aquel. Salió del despacho y pidió a su secretaria que le pidiera hora para hacerse una depilación.
La chica quedó un poco sorprendida. Al cabo de unos segundos le dijo:
- Doctor, me preguntan que tipo de depilación desea.
- Intima, muy intima – dijo Deseux , dispuesto a liberar su cuerpo y su mente de una vez por todas.
Nota del autor
Este relato, un tanto delirante, tiene su base científica. Adjuntos vean los documentos gráficos que el Doctor Deseux ha tenido la gentileza de aportar.
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"El Moro Gato se acordó de las palabras de Ben Salam y confirmo de nuevo su sospecha que en aquel mundo existían hilos finos y dorados que unían a las personas, atravesaban desiertos y montañas y cruzaban los fondos marinos. Uniendo las mentes con fuerzas más poderosas que el telégrafo o el teléfono..." (La Kábila de Tzen)
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Copla mora©
I
El viento le dice
que hoy no amanece
Micaela espera
las sombras se van
Ya nada se esconde
y todo aparece
Todo deja quieto a Tanger hablar
II
Te he visto que triste
por la kashba andas
Que sueñas y olvidas
la vida al pasar
Que a veces susurras
otras veces gritas
y agarras el aire que loco se va
III
Micaela al viento
escucha el secreto
escucha el secreto
Se sabe perdida
Que nunca se irá
El cielo y las calles
le han robado el alma
Cautiva de Tanger
Cautiva del mar
---------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------
Lolín
Tembloroso
racimo de uvas soleadas,
Pared encalada
de luz y agua fresca.
En tu hamaca suenan las cuerdas de
la huerta.
Del
tiempo salta el color
a tus ojos entornados.
a tus ojos entornados.
El mar
Mediterráneo
traza una línea de medusas
fluorescentes.
De tu
vida sólo llegan sonrisas y alegrías
montadas en carrozas de gelatina
roja
y flan de huevo.
y flan de huevo.
Tras de
ti vendrán sombras en las esquinas
y un camino solitario encharcado
de lágrimas saladas.
de lágrimas saladas.
El día
menos pensado, en los naranjos,
encontraré tu nombre saltando de
hoja en hoja.
Entre flores
de azahar, una caricia.
---------------------------------------------------------------------
Hojas radiantes
Hojas radiantes ¿donde vais?
azules al mar,
amarillas al sol,
verdes a las selvas.
Llevarme. En la primera nube bajo.
¿Has aprendido a flotar?
Pregúntale al viento que nos lleva,
responde al otoño, él nos llama.
Como siempre sin billete de vuelta.
En el aire juegan a los círculos locos.
¿Las ves? Por allí pasan cantando.
--------------------------------------------------------------------
Se busca amor, se
recompensará
Subió a un taxi, perdida
en las comisuras de Madrid.
Encontré un cabello rojo en el libro sin letras.
De espaldas, bajo la lluvia,
un día mojado en la acera del Bellas Artes.
Las orejas escuchan a través de las paredes
y los ojos miran al cielo.
Murmullos con alas,
lágrimas corriendo por los cristales.
Se ha perdido un amor sin razón,
Aquí.
(¿Sabes? Donde estaba nuestra casa pasan
las vías del tren)
Mucho tiempo sin saber.
Tres años sin sentir.
Paseando por Rosales.
Los ojos que te vieron por última vez dicen
que dormías sobre
una nube.
Se buscan tus cabellos rojos,
se recompensará.
---------------------------------------------------------------------
Portafolio 1:
Asuntos gráficos y comerciales
---------------------------------------------------------------------
Amor
fosforescente
Nunca supe que había detrás de su mirada.
Donde se desvanecían sus pensamientos,
ni el cuarto oscuro donde tejía sus
sentimientos.
Sólo sentía su amor fosforescente
de noche de luna menguante.
Nunca supe si dormíamos en la misma cama
o era la sombra desnuda de mi soledad.
Alguna vez creí tenerla entre mis brazos
mientras soñaba con su amor.
Fosforescente.
---------------------------------------------------------------------
¿Hipnósis, sugestión, vértigo...
perdida temporal de la orientación?.
Es el poderóso síndrome AVA. No mata, pero casi.
---------------------------------------------------------------------
Parte de guerra: La poesía en su invisible y soterrada guerra contra las divisiones acorazadas de inhumanidad, necedad y avaricia, a vuelto a su tradicional guerra de guerrillas y prepara una contraofensiva a base de lanzamientos de palabras bellas y afiladas. Armas de las que los enemigos desconocen su alcance y efectividad (son bastante tarugos)...CS
...Con un toque sobre foto de David Emmite (Behance)

Mensaje desde las trincheras del verso: Si me quieres escribir ya sabes mi paradero: Regimiento los Poetas , lo mejor del mundo entero." (La canción dice" En el frente de Gandesa primera linea de fuego y en la bulería Regimientio Los Gitanos"). Como decía el Banderín de enganche del Tercio: "Si has cometido errores o te encuentras desplazado ,alístate a la La Poesía...
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